¿Qué es la hora mundial?

El ser humano ha sentido, desde siempre, la imperiosa necesidad de poseer una forma de calcular el tiempo como un modo de regular su vida. Primero fueron los relojes de sol y, más tarde las clepsidras o los de arena. Pero con el desarrollo de las comunicaciones internacionales, se hizo necesario coordinar los sistemas horarios. Así nace la hora mundial.

El ser humano ha sentido, desde sus propios orígenes, la imperiosa necesidad de poseer un modo de calcular el tiempo y, de esta forma, regular su propia vida. Las primeras civilizaciones utilizaban el llamado reloj de sol para ello, de cual consta su existencia en China ya en el año tres mil antes de Jesucristo.

De una época contemporánea son las clepsidras, que usaban agua y, a su vez, son el antecedente de los relojes de arena. Desde entonces, los adelantos de la técnica han propiciado que tengamos instrumentos mucho más modernos y precisos. Pero el desarrollo de las comunicaciones y, con ellas, de las relaciones internacionales, han exigido un sistema que unifique la medición del tiempo en todas las partes del planeta.

La hora mundial responde a la necesidad de coordinar la medición del tiempo. En la foto, un reloj de sol

La hora mundial responde a la necesidad de coordinar la medición del tiempo. En la foto, un reloj de sol.

Es así como surge la hora mundial, también llamada Tiempo Medio de Grenwich (GMT) o Tiempo Universal Coordinado (UTC), un horario canónico en función del cual se mide la hora en toda la Tierra. Para que esta medición tuviera validez científica, se dividió nuestro planeta en longitudes, a partir de la cero, que se halla precisamente en el Observatorio Real de Grenwich, cerca de Londres. De esta forma, se establecieron veinticuatro husos horarios, de tal suerte que, al pasar de uno a otro en dirección este, hay que sumar una hora a la del citado observatorio y, a la inversa, al hacerlo en dirección oeste, es necesario restarla. Igualmente, en el meridiano 180º se establece el cambio de día.

Todo ello responde a la tesis científica de que la Tierra tarda un año en su movimiento de traslación alrededor del Sol mientras que, en el de rotación (es decir, sobre sí misma), se dilata veinticuatro horas. Sin embargo, este sistema que era válido para la vida cotidiana se convirtió en impreciso a la hora de programar instrumentos que precisaban una absoluta exactitud, tales como satélites o aparatos militares.

La causa es que los movimientos de nuestro planeta no son tan exactos como los pioneros de su investigación creían sino que dependen de ciertas variantes, tales como la inclinación del eje terrestre respecto al Sol o las mareas, que determinan su giro, en lo que respecta al movimiento de rotación. En consecuencia, ya en la década de los cincuenta del pasado siglo, comenzaron a construirse relojes atómicos, cuyo grado de error es mínimo. Esto provocó que pocos años después se cambiase la definición de segundo, que se hacía en base al movimiento de la Tierra por otra que se fundamenta en el átomo de cesio, el usado en estos relojes.

Fuente: Hora Mundial.

Foto: Venturist.