¿En qué consiste el experimento de Milgram?

“Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico”.

experimento

"V" (investigador), "L" (maestro) y "S" (alumno).

¿Cometerías un asesinato si te lo ordenara un persona con autoridad? ¿Obedecerías a un policía, un político o cualquier otra figura que representa una autoridad si ello conllevara cometer un acto de brutalidad contra otra persona?. ¿Es posible que valores como el poder y la jerarquía tengan más peso que los valores morales y de convivencia? Estas fueron algunas de las preguntas que se formuló el psicólogo Stanley Milgram en la Universidad de Yale hace exactamente 50 años, pero vinculadas a un contexto de guerra como el holocausto nazi.

Milgram ideó un experimento para comprobar si los seres humanos aceptábamos órdenes por el simple hecho de que estas provinieran de una persona que ejercía autoridad, considerando que si accedíamos, el peso del crimen no recaería en nosotros. En definitiva, Milgram lo que intentaba constatar era la capacidad de sumisión y maldad a la que los seres humanos son capaces de llegar, cuando sienten que la responsabilidad no les pertenece directamente a ellos. Para ello, era fundamental llevar a cabo el experimento con personas normales y corrientes, como tú o como yo. Presta atención a lo que viene a continuación si quieres saber cómo se resolvió el enigma.

Los participantes del experimento fueron invitados a formar parte del mismo bajo un engaño, se les dijo que el objeto de estudio era otro distinto, y no analizar la posibilidad que tenían de infligir dolor a un desconocido sin sentir remordimientos amparándose en la obediencia. Para el desarrollo del experimento eran necesarias tres personas: el investigador de la universidad, el llamado maestro -participante voluntario- y el alumno, que en realidad era cómplice del investigador pero se hacía pasar por otro participante. El investigador y el “maestro” se colocaban en una habitación aparte y el alumno-cómplice en otro, de modo que el participante no pueda verle pero sí oírle. Previamente, el investigador le había explicado al maestro que debía castigar con descargas eléctricas al alumno cada vez que fallara una pregunta. La máquina en cuestión había sido fabricada por el propio Milgram y estaba compuesta por una serie de interruptores que al activarse, propinaban choques eléctricos desde 15 hasta más de 165 voltios.

Una vez a solas, el investigador le comenta al maestro que el aparato da pequeñas descargas cuya intensidad va aumentando el dolor, pero que la otra persona no corría riesgo alguno y que el dolor se utilizaba para un experimento científico. Cabe destacar que en la otra habitación no había ninguna persona que estuviera recibiendo descargas, ya que se había grabado una cinta que simulaba los gritos y demás reacción que experimentaría una persona si realmente se le dieran descargas eléctricas con las diferentes cargas.

La mayoría de participantes se ponían nerviosos al escuchar los gritos de la otra persona y pedían parar el experimento, pero las palabras del científico les hacían continuar. Al alcanzar los 135 voltios muchos exigían que se les explicara el propósito de la investigación, pero había quien anunciaba que ellos no se harían responsables de las consecuencias y seguían aumentando los voltios de las descargas. Cuando alguno de los maestro comentaba su intención de abandonar, el investigador solo utilizaba estas frases para que no lo hicieran y doblegar así su actitud: “Continúe, por favor”, “el experimento requiere que usted continúe”, “es absolutamente esencial que usted continúe” y “usted no tiene opción alguna. Debe continuar”. Si después de utilizar todas frases el participante no obedecía, el experimento se paraba inmediatamente.

Los resultados fueron sorprendentes: 26 de los 40 participantes llegaron a aplicar descargas de 450 voltios, aunque muchos sentían ciertos remordimientos. Sin embargo, todos los “maestros” aplicaron descargas y ninguno mostró una intención firme de parar antes de alcanzar los 300 voltios, a pesar de oír los gritos y la agonía de la otra persona. Stanley Milgram definió así su experimento en su artículo ‘Los peligros de la obediencia’:

Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.

Vía / Ojo Científico

Foto / Wikipedia