Los hombres de Maiz

El Mito de la Creación según la cultura mesoamericana Maya. Los símbolos del mito de la creación en todas las culturas se repiten, podemos ver esto comparando incluso dos culturas tan lejanas como la maya y la babilónica.

En todas las culturas el hombre trató de darle forma a la idea de la creación del universo, tratan de saber cómo ocurrió y porqué para darle algún sentido a la vida. En toda mitología existe este punto, el mito de la creación.
El mito de la creación siempre tiene una estructura similar: el caos, la potencialidad del todo es ordenada en su gran y maternal recinto por una intromisión masculina, un orden, una ley. En el Enuma Elisch (el mito de la creación babilónico) en el comienzo se realiza una asamblea de dioses presidida por Anu, el dios Marduk es asignado para una tarea, ir a matar a Tiamat, el dragón que reina en el caos. El caos es un mar oscuro y gigantesco. Marduk mata a Tiamat y de su sangre nace el universo. Marduk es la ley masculina, Tiamat y el mar son el caos oscuro, húmedo y maternal.

El Popol Vuh es un libro que recopila leyendas del pueblo Ketchí o Quiché, uno de los pueblos Mayas, que vivía al sur de lo que hoy llamamos Guatemala. En este libro vemos como los mayas trataban de explicar el origen del mundo y los fenómenos de la naturaleza.
El Popol Vuh fue escrito en caracteres españoles pero en lengua ketchí a mediados del siglo XVI y traducido 200 años más tarde por el sacerdote e historiador sevillano Fray Francisco Ximenez
La lectura del Popol Vuh se convirtió con el paso de los siglos en un punto de partida para historiadores y filósofos para saber como fue la vida en Mesoamérica hace cientos de años e incluso fue tomado como un texto de aprendizaje no solo para su propia cultura sino para todas las demás y para la vida de hoy en día.

Las culturas mesoamericanas comparten con el cristianismo el concepto de creación del universo mediante la palabra. Hunab Ku pronuncio “hágase el mundo” y allí se produjo la creación, ordenando el caos total. Antes de esto el universo era solo un cielo y mar perpetuos e infinitos enfrentándose el uno al otro. Nada había que estuviera dotado de existencia además de ellos dos, las dos grandes potencialidades. Hunab Ku, el gran creador creó el universo para no estar solo. Creó a los dioses y los dioses crearon el mundo. Tepeu y Gugumatz crearon la tierra, los árboles y el sol con el don de la palabra, y hablaron entre sí y decidieron crear al hombre.

El don de la palabra para esta cultura y muchas más, como la cristiana, tal como decíamos antes es mucho más grandioso que ninguna otra cosa. Tepeu y Gugumatz dijeron Tierra y la tierra apareció, dijeron árboles y aparecieron espontáneamente las semillas que germinaron y crecieron en segundos. Y así las montañas, los glaciares, los pantanos, los ríos, los desiertos, la luz y la oscuridad salieron de las bocas de los dioses. Y todo fue preparado para el ser humano.

El panteón de los dioses para los mayas es igual al de los griegos, llenos de fallas que hacen de los dioses seres humanos con poder y vida eterna. Eso hace que los dioses sean egoístas y egocéntricos. Los dioses en su gigantesca vanidad quieren ser venerados, aclamados, adorados y glorificados, quieren tener súbditos que los amen incondicionalmente.
Primero crearon a los animales, de todas las clases, les designaron sus lugares y sus costumbres alimenticias. Pero los animales no podían contestar a la palabra, los animales no tenían el don del habla y al no hablar no podían venerar a los dioses, el propósito original con que habían sido creados falló. Por esta razón los animales fueron rebajados a seres de espíritu inferior destinados a comerse los unos a los otros por toda la eternidad.

Los dioses tuvieron dos intentos fallidos más: primero vino el hombre de barro que fue frágil, hablaba y adoraba a los dioses, pero se quemaba con el fuego, se endurecía con el sol y se deshacía con las lluvias. Los dioses deshicieron entonces a sus primeros hijos.
En segundo término los son creados los hombres de palo, extraídos de la madera de los árboles. Los hombres de madera no tenían sentimientos, no eran capaces de ver más allá de si mismos, veían el mundo como una herramienta que debía ser utilizada para satisfacer sus necesidades, no son capaces de utilizar la palabra para adorar y agradecer a los dioses por la mismísima creación. Entonces los dioses enviaron el Diluvio Universal (presente en todas las culturas) para destruir a todos los hombres del mundo. Los sobrevivientes del diluvio fueron condenados a otra fin, sus herramientas, hartas del abusivo trato al que habían sido expuestas por los egoístas seres de madera se revelaron y destrozaron sus caras y mandíbulas, de esta manera fueron degradados a otra forma de vida más primitiva, fueron convertidos en monos.

Fueron los animales quienes llevaron entonces a los dioses lo que estaban buscando, la materia de la que nacería un ser capaz de venerarlos por el resto de sus días, un ser capaz de aceptar el don de la palabra. La sustancia que las ratas llevaron ante los dioses era la mazorca del maíz, que encontraron en lo que hoy sería el valle de México.

Los dioses crearon entonces del maíz al primer hombre y la primera mujer. Ellos hablaron, vieron, amaron, supieron, fueron dotados de sabiduría, alma, sustancia. Los dioses por fin consiguieron lo que siempre habían querido. Por fin eran adorados, los hombres les hacían alabanzas en su honor.

Aquí los dioses vieron su propio error. Lo hombres de maíz sabían todo, veían todo. Estaban a la par de los dioses en todo tipo de conocimiento. Se habían emocionado tanto con ellos que los habían dotado de una sabiduría tan grande que pronto opacaría la de ellos mismos, y eso jamás lo permitirían, ya que como dije los dioses mayas son orgullosos como los humanos.

Entonces acotaron la sabiduría del hombre, acotaron su visión, para que no vean más allá de lo necesario. Ya nunca más vieron a los dioses a la cara, ya nunca más vieron la luz de la sabiduría, pero siempre recordarían eso en sus corazones, y eso los impulsaría a seguir y a dar gracias a los dioses por las cosechas.